Manitos resbaladizas, llantos que parten el alma y ese miedo constante de no saber bien cómo sostenerlo. Seamos sinceros: los primeros días, la hora del baño se siente como un verdadero desafío.
Pero a medida que pasan las semanas, algo mágico sucede. Ese ratito de nervios se va transformando, casi sin darnos cuenta, en uno de los momentos más lindos y esperados del día.
El agua tibia los relaja, empiezan a disfrutar de las caricias, de nuestra voz suave cantándoles, y de repente nos regalan esas miradas profundas que detienen el tiempo. Lo que empezó siendo una tarea de cuidado, florece hasta convertirse en un espacio de conexión pura.
